Las cosas simples de la vida

Las cosas simples de la vida

Autor:
04/09/2020

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Una vez el padre de una familia acaudalada lleva a su hijo a un viaje por el campo, con el firme propósito de que su hijo viera cuán pobre era la gente del campo, y valorase el contraste de la vida holgada que ellos llevaban y el esfuerzo tan doloroso de esa gente humilde. Obviamente las intensiones del padre eran buenas y quería que su hijo, como heredero lógico de las riquezas que él había obtenido, supiera diferenciar la suerte que ellos tenían, en oposición a la dura realidad de tantos trabajadores, de los cuales Dios parece haberse olvidado.

Estuvieron por espacio de un día y una noche completa en una granja de una familia campesina muy humilde.

Al concluir el viaje y de regreso a casa, el padre le preguntó a su hijo:

-¿Qué te pareció el viaje?

-Muy fuerte, muy movilizador, papá.

-Viste cuán pobre puede ser la gente?, preguntó nuevamente el padre.

– Sí, respondió el hijo.

-¿Y qué aprendiste?

– Vi que nosotros tenemos una casa inmensa y cada uno de nosotros en su cuarto un jacuzzy y computadora, pero también los pasillos que separan nuestros cuartos son tan largos que pasamos días enteros a veces sin cruzarnos, en nuestro propio hogar. En cambio ellos viven en dos cuartos humildes, pero están juntos, se ven, hablan, comparten cosas.

Ante esta respuesta el padre quedó demudado, ya que no esperaba escuchar esa respuesta de su hijo.

El chico continuó: -Nosotros tenemos esa pileta olímpica que nos hiciste construir, con mármol de Carrara, con iluminación desde abajo y que hay que cuidar con termostatos importados en forma permanente; y ellos, papá, se bañan en ese río inmenso, que parece no terminar nunca, y qué agua bella, sin olor a cloro, incluso calentita, sin necesidad de usar ninguna máquina para darle esa temperatura ideal.

El padre bajó aún más la cabeza y el chico siguió: -Mamá acaba de comprar esos faroles importados, tan caros y que no dejan de ser artificiales y se rompen en cualquier momento, y ellos tienen las estrellas, perfectas, iluminando con una luz que ningún farol, por más caro que sea, podría llegar a imitar. Y viste, papá, cuando uno mira las estrellas no necesita ningún farol.

-Ustedes compraron ese perro chiquito, arisco, carísimo y tonto; ellos tienen esos perros mastines, vagos, sin raza fina, pero que te cuidan, te miman, te acompañan donde vas y te despiertan por las mañanas. Esos perros papá no tienen precio.

El padre casi no se animaba a mirar a su hijo.

El chico terminó por decirle, mientras lo abrazaba, con inmenso amor: -Papá, yo te adoro. Cuando me dijiste que vendríamos acá juntos, un día entero, ¡fue para mi una dicha tan grande!. Te acompañaría hasta el fin del mundo para estar contigo. Mamá y tú trabajan todo el tiempo, y yo casi ni los veo, y esta gente está junta y en familia y se ven y se besan y se disfrutan, o incluso hasta discuten, pero siempre en familia.

-¡Papá, gracias por enseñarme tanta diferencia!, gracias por enseñarme lo rico que nosotros podríamos llegar a ser…

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