¿Por qué ya no confío en las personas?

¿Por qué ya no confío en las personas?

13/09/2020

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Vivir sin confiar da forma a una mala vida. La frase puede parecer rotunda, pero define por sí misma un lienzo existencial bastante real. La confianza es un motor indiscutible en el ser humano y es, de hecho, una dimensión que va más allá del campo relacional. Necesitamos, por ejemplo, confiar en que cuando saldremos de casa nadie nos hará daño, no se estropeará el ascensor en que nos subamos y en que seguiremos siendo igual de hábiles al conducir nuestro coche.

Lo opuesto a la confianza es la desconfianza y un componente que integra esta última dimensión es el miedo. Por tanto, quienes navegan a rastras del peso de las decepciones, de las heridas pasadas y la inquietud por ser traicionados nuevamente no solo albergan tristezas y frustraciones. También encierran en su corazón el pinchazo del miedo. Y algo así, enturbia la vida y la hace menos agradable, menos satisfactoria.

A continuación analizamos algunos desencadenantes de la desconfianza.

La calidad de los vínculos en nuestra infancia

El primer vínculo en el que establecemos una relación de confianza es con nuestros progenitores. Si ya desde edades tempranas no se atienden de manera correcta dimensiones tan básicas como el bienestar, la seguridad o la validación emocional, todo empieza a fallar.

¿Por qué ya no confío en las personas? Cuando nos focalizamos en las pérdidas

A lo largo de nuestro ciclo vital, vamos acumulando experiencias con cada relación surgida en el camino. Unas son buenas y otras menos buenas. No obstante, en ocasiones, estas últimas tienen un impacto mayor en nuestro tejido emocional y psicológico: nos rompen, nos desaniman, nos decepcionan.

Ese sufrimiento es más intenso cuanto más íntimo es el lazo creado: una amistad, una relación de pareja a incluso como hemos señalado antes, un familiar cercano. Descubrir que no somos tan apreciados como creíamos, que la traición y la mentira tienen cabida en las relaciones humanas, puede generar cambios en nosotros. Nos volvemos desconfiados, rencorosos y hasta fríos.

Focalizar la mirada únicamente en las figuras que nos hicieron daño tiene un coste. Y es el de asumir la peligrosa idea de que las personas no son de fiar, que lo mejor, es protegerse.

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