APUNTES… ¿Sociedad mejor sin enfrentar compromisos?

APUNTES… ¿Sociedad mejor sin enfrentar compromisos?

Autor:
07/07/2021

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Por: Guillermo Fabela Quiñones

Ante el anuncio del presidente López Obrador, de que “va a crear una nueva corriente de pensamiento para tener una sociedad mejor”, cabe preguntar cómo tiene pensado hacerlo, teniendo en cuenta que no ha mostrado interés por incursionar en ideas teóricas que sacudan la conciencia social de una sociedad inmovilizada desde hace décadas. Se trata de un reto ineludible, casi tres años después sigue siendo una asignatura pendiente.

Lo incuestionable es que por sí solo es imposible lograr un objetivo tan ambicioso, tal como lo deja ver su afirmación y lo patentiza su estilo personal de gobernar. La experiencia histórica nos ha enseñado que la teoría y la práctica son indisolubles, tanto en la ciencia pura como en las ciencias sociales. Esto es esencial en esta época que nos tocó vivir de acelerados avances en todos los órdenes de nuestra vida en el planeta.

Sería un paso histórico extraordinario que hiciera realidad tal enunciado y se alcanzara la meta de apuntalar “una sociedad mejor”. Nuestro país no debe seguir siendo una nación “emergente” o en vías de desarrollo por toda la eternidad. Esto tendrán que reconocerlo, por conveniencia propia, los círculos de poder en Washington y Wall Street  que no aceptan el imperativo de soltar las amarras que impiden que la nave llamada México navegue libremente por los océanos de la globalización.

Sin embargo, para que lo acepten es preciso que haya “una sociedad mejor”, aunque no seamos anglosajones y nuestra marcha histórica esté afincada en América Latina. ¿Qué se necesita? Pues empezar a construirla, tarea que debió haber iniciado el mandatario con un proyecto de nación sobre bases racionales, es decir fundadas en la teoría y confirmadas en la práctica. Ahora se antoja un reto imposible en el lapso que le queda como gobernante.

Las clases mayoritarias, con su intuición natural creyeron en sus propuestas de cambio progresista desplegadas incluso años antes del proceso electoral del 2018. Ahora, luego del tiempo trascurrido como jefe del Ejecutivo federal, como tal se da cuenta que es mucho más lo que falta por hacer que lo realizado, independientemente de la herencia dejada por una clase política inconsciente y corrupta, legado que por sí mismo era un incentivo para poner en marcha políticas públicas progresistas, sin titubeos ni salidas falsas, como las encuestas públicas como supuesta “democracia participativa”.

De ahí que ahora eche la culpa de la falta de resultados concretos, a los reaccionarios que “se propusieron frenar el proceso de transformación por el cual llegué a la Presidencia”. Según él, “su propósito (de los reaccionarios) es dejar sin presupuesto a los pobres”; da por sentado que las políticas asistencialistas son sinónimo de cambio progresista, la demostración de “una sociedad mejor”. Es obvio que seguir por ese camino es una forma de conservadurismo disfrazado, pues sin reducir la pobreza se mantiene un statu quo ineluctable.

Esto es precisamente lo que quieren las élites, que sigamos por el camino que no afecta sus privilegios, tarea que ha cumplido con eficacia y astucia política un mandatario ajeno a la tecnocracia rapaz sin otra visión que acumular riquezas sin límite ni sentido alguno. El problema ahora es cómo podrá el Presidente romper este hechizo, una vez que las clases medias presionen más para evitar descender en la escala social, como así tendría que suceder sin cambios estructurales de fondo. Lo que las cúpulas oligárquicas no aceptan es la continuación del sistema de partidos obsoleto y corrupto.

El “flanco progresista” que mencionó el mandatario para decir que “se acabó el tapadismo”, no es de nombres sino de proyecto. En nuestro país hoy  es un tema de eslabón de intereses, no de “nueva corriente de pensamiento”. Menos cuando no se acepta la participación real de la sociedad. ¿A poco con consultas y encuestas se ha cambiado el rumbo de la historia?

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