Las pandemias y los métodos absurdos para combatirlas

Las pandemias y los métodos absurdos para combatirlas

Autor:
21/11/2020

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Por: Gilberto Jiménez Carrillo

Ante una nueva enfermedad siempre surgen hipótesis de cómo tratarlas con nuevos métodos, muchas de estas no son muy claras. Hace algunos días el presidente Donald Trump preguntó si acaso no sería indicado inyectarse desinfectante para combatir al Coronavirus. En seguida llovieron las críticas y, más importante, las llamadas de alerta del sistema de salud y de empresas de desinfectantes para indicarle a la población que no intentara ingerir detergentes de ninguna manera. El Presidente señaló que se había tratado de una broma, pero al parecer su sugerencia era genuina. El desconocimiento de Trump sobre la naturaleza de la pandemia y su posterior propuesta de solución no es nada nuevo en el universo de las pandemias y los métodos recomendados para tratarlas. Muchos son los que sugieren soluciones aparentemente fáciles: Remedios caseros, disciplina corporal, alimentación determinada, medicamentos que son efectivos para ciertos padecimientos pero que resulta ineficaces o francamente contraproducentes con determinadas enfermedades. La ciencia médica es un invento de la modernidad, antes del siglo XIX los médicos eran poco más que barberos, en el mejor de los casos.

Es de suponer, entonces, que pandemias como la peste negra hayan sido atacadas, en ciertos episodios, con tratamientos absurdos. Una imagen que se ha convertido en icónica de la peste bubónica o de la medicina de la edad media es la del galeno enmascarado con una especie de pico. La imagen es funesta, pues parecían aves de mal agüero. Y en realidad lo eran, al menos simbólicamente, pues su presencia era tan ineficaz que cuando aparecían en un pueblo o en una casa solo indicaba que la peste había llegado y que nadie saldría vivo. Estas máscaras poseían en su interior hierbas aromáticas con la que se pretendía aromatizar el aire que respiraban los médicos, pues creían que la enfermedad estaba en el aire y que era el viento putrefacto el que causaba la enfermedad. En España se creía que todo aquello que apestaba estaba contaminado, por lo tanto se incineraban perros, gatos y hasta ratas. Esto lo hacían mientras mascaban ajo y tabaco o con la ropa perfumada, pues parecía que la pandemia era un asunto más de olor y no de la pulga infectada de la rata que en realidad era la que transmitía la enfermedad. Otros médicos hicieron fórmulas con azafrán y veneno de víboras y escorpiones.

La ciencia y la religión no tenían límites puntuales durante la edad media, por ejemplo, rezar o hacer penitencias parecía más sensato que guardar reposo o consumir hierbas curativas. Esto último podía incluso considerarse brujería. En este contexto se han registrado casos de procesiones o misas multitudinarias que pretendían convencer a Dios de que acabara con el mal. Contradictoriamente con sus anhelos, lo que conseguían con estos métodos era crear verdaderos focos de infección. También hubo quienes aprovecharon los tiempos de angustia e incertidumbre y se dedicaron a vender remedios milagrosos. A quienes fueron descubiertos y atrapados no les fue bien. Durante la peste negra estos personajes fueron condenados a la pena de muerte y colgados en sitios públicos para que sirviera de escarmiento a la sociedad. Por fortuna hoy estamos lejos de esos castigos, pero no del miedo que provocan las pandemias y, al parecer, tampoco de los métodos absurdos para combatirlas.

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