Los organismos de intermediación y la 4T (primera de tres partes)

Los organismos de intermediación y la 4T (primera de tres partes)

Autor:
22/11/2020

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Por: Sergio Duarte Sonora

De manera inverosímil, Andrés Manuel y personajes de la autodenominada Cuarta Transformación, se han puesto como meta acabar con el fenómeno del intermediarismo, con los coyotes, sean personas físicas o morales. Política que tiene que ver con una estrategia cuidadosamente pensada, pero que se lleva entre los pies a aliados claves o con una visión superflua y reduccionista de este fenómeno social.

La relación entre la sociedad y el Estado ha sido estudiada por científicos sociales y politólogos durante mucho tiempo y desde diferentes perspectivas teóricas e históricas.

Resumiendo al extremo, la sociedad surge de la naturaleza gregaria del hombre y el Estado surge de un abstracto contrato social que da origen a un ente que se erigirá por encima de todos y será garante de los intereses generales y del bien común.

Desde entonces (desde siempre), los hombres tendemos a vivir en grupos familiares, en clanes, en tribus y como fenómeno de la evolución social y política surgen lo que hoy conocemos como los estados nación. No siempre los hubo.

En los estados nación surgidos en el marco de la naciente modernidad -siglo XVIII- el ser social del hombre se desenvuelve en dos facetas: El ser ciudadano y el ser gremial: Estos transitan del siglo XIX al siglo XXI con altibajos y diferentes perspectivas, sobreviviendo a guerras mundiales, a guerras de liberación anticolonialistas,  a revoluciones proletarias, así como a golpes de estado restauradores de un orden capitalista depredador y autoritario, que resiste hasta fines del siglo XX, las oleadas democratizadoras que provienen desde el flanco izquierdo del devenir social y político.

México, nuestro México, es caso único en América Latina: Padre de la primer revolución social del siglo XX (antes que la Rusa), santuario de exiliados españoles en los años 30’s y de sudamericanos en los años 70 y 80’s, mediador de las luchas de liberación centroamericanas y tierra adoptiva de grandes como el “Gabo” y hasta la “Chabela” Vargas.

Nuestro México es constitucionalmente una República popular y democrática con un sistema de partido hegemónico (el PRI) emanado de la configuración de fuerzas postrevolucionarias; un verdadero partido frente que daba cabida a grupos, expresiones y corrientes de izquierda y de derecha en constante movimiento pendular, que era acompañado por fuerzas opositoras de profunda definición ideológica, pero endebles y sin ninguna posibilidad de disputarle el poder, y que  le daban legitimidad a un régimen que Vargas Llosa denominó la “dictadura perfecta”.

En este contexto, durante el último cuarto del siglo XX, el ciudadano en México toma un protagonismo inusitado (el individualismo como herencia del liberalismo decimonónico) logrando ser factor clave y determinante en el escenario político electoral del naciente postmodernismo; paralelo a esta irrupción, las viejas y anquilosadas estructuras gremiales (campesinas, obreras y populares) sufren el agotamiento del filón de la modernidad y tienen que transformarse o morir.

Los organismos de intermediación protagonistas de la modernidad (sindicatos, cooperativas, gremios) se ven asaltados por una agresiva sociedad civil, concepto abstracto y amorfo en el que caben todo tipo de ocurrencias organizativas, que como tsunami de moda popular, invade todos los espacios sociales, legislativos y de Gobierno, y logra instalarse con un ropaje novedoso en el seno mismo de nuestra carta magna nacional. Primero los derechos humanos, luego las tareas electorales, luego las de información, luego las de transparencia, y tantas más. Surgen así los denominados organismos constitucionales autónomos como hongos en tiempo de lluvia.

Y por si eso no bastara, la ciudadanización como oleada pandémica irrumpe en los documentos básicos del naciente sistema competitivo de partidos y hasta algunos de estos institutos políticos adquieren el status de moda, se ciudadanizan. Ha terminado la época de los partidos gremiales, de los partidos corporativos, de los partidos de masas. Hoy es pecado, es más, es delito que una organización gremial, sindical o patronal participe al interior de los partidos políticos y en los procesos electorales constitucionales. No cabe duda, el ciudadano es el paladín del nuevo orden postmoderno.

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