El control efectivo de la plaga de chapulín en Durango no se logrará con fumigaciones aisladas ni medidas de emergencia aplicadas cuando el insecto ya ha invadido los cultivos. La clave está en actuar en su hábitat natural —el agostadero— y anticipar las acciones antes de que los saltamontes alcancen las parcelas. Así lo advirtió el Dr. Jaime Mena Covarrubias, investigador del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP), con más de cuatro décadas de experiencia en entomología.
En entrevista durante el programa Aquí hay Campo de Canal 15, Mena explicó que el chapulín, particularmente el género Brachystola, ha estado presente en el ecosistema desde hace 250 millones de años y su hábitat preferido son los agostaderos. “No es un problema nuevo ni exclusivo de Durango. Este insecto se ha adaptado a lo largo de milenios, y en nuestras condiciones actuales ha encontrado un ambiente muy favorable por el deterioro de los pastizales”, señaló.
El problema empieza antes de llegar al cultivo
Según el especialista, el error más común es enfocar el combate cuando la plaga ya está devorando frijol, maíz u otros cultivos. “El chapulín no nace en el cultivo, nace en el agostadero. Cuando llega a la etapa juvenil avanzada —lo que llamamos ninfa cinco— inicia su migración hacia las áreas cultivadas. En ese punto ya es mucho más difícil y costoso controlarlo”, explicó.
El ciclo comienza con la postura de huevos a unos 8-10 centímetros de profundidad en suelos blandos del agostadero. Las hembras seleccionan puntos específicos año con año, por lo que es posible ubicarlos y marcarlos para aplicar controles preventivos. Las primeras lluvias de junio o julio son el estímulo para que los huevos eclosionen, dando inicio a cinco fases juveniles antes de convertirse en adultos.
“Si esperamos a que estén dentro de la parcela, ya llegamos tarde. Lo que tenemos que hacer es ir al agostadero, identificar las zonas de oviposición y ahí actuar, cuando son ninfas recién nacidas y más vulnerables”, subrayó Mena.
El investigador del INIFAP apuntó que el sobrepastoreo es uno de los factores que ha incrementado la población de chapulines. “En un agostadero bien manejado, predomina el pasto, con algo de arbustos y herbáceas. En uno sobrepastoreado, el pasto desaparece y lo que abunda son malezas de hoja ancha, que es el alimento preferido del chapulín. Les estamos poniendo el buffet servido”.
Este cambio en la cobertura vegetal les ofrece alimento constante y espacio seguro para su reproducción, generando sobrepoblaciones que cada año migran a los cultivos cercanos.
Control biológico y alternativas
El Dr. Mena resaltó que existen opciones biológicas para el control, pero deben aplicarse en el momento y lugar adecuados. Una de ellas es el hongo entomopatógeno Metarhizium anisopliae, variedad específica para chapulines, que no afecta a ganado ni otros animales. Actualmente está disponible solo en el Centro Nacional de Referencia de la Dirección General de Sanidad Vegetal.
Otra alternativa es aprovechar insectos depredadores naturales, como un escarabajo del género Epicauta, cuyas larvas se alimentan de las masas de huevos del chapulín enterrados en el suelo. “Con un manejo adecuado, podríamos integrar estos controles biológicos y reducir la presión de la plaga sin depender exclusivamente de insecticidas químicos”, indicó.
Mena advirtió sobre prácticas ganaderas que han reducido poblaciones de escarabajos benéficos, como el uso indiscriminado de Ivermectinas, que eliminan a los escarabajos peloteros al contaminar el estiércol. Aunque el Epicauta no se alimenta de excremento y probablemente no se vea afectado por este antiparasitario, sí es necesario un manejo más racional de los desparasitantes para proteger la biodiversidad útil.
Acciones inmediatas y manejo de emergencia
Si bien el énfasis del investigador está en el control preventivo en el agostadero, reconoció que actualmente muchos productores enfrentan infestaciones severas y necesitan soluciones inmediatas. En este escenario, recomendó aplicaciones dirigidas de insecticidas convencionales como malatión, pero no sobre toda la parcela, sino contra las mangas de chapulines en movimiento, antes de que crucen al cultivo.
“Localizar hacia dónde se dirige la manga y aplicar ahí puede ser mucho más efectivo que esperar a que esté distribuida por todo el campo”, explicó. En maíz, el riesgo principal se presenta cuando las plantas miden menos de 20 centímetros, ya que el chapulín corta el tallo tierno a pocos centímetros del suelo. En frijol, la plaga puede defoliar completamente el cultivo en poco tiempo.
Estrategia integral y trabajo en equipo
Para el Dr. Mena, enfrentar esta plaga no es tarea de un solo productor ni responsabilidad exclusiva de la autoridad federal. Propone un esquema de colaboración que inicie en las direcciones de Desarrollo Rural de los municipios, con capacitación a productores y coordinación con organismos estatales y federales.
“Las instituciones tenemos cada vez menos presupuesto, pero eso no es excusa para no organizarnos. Si el productor no se queja, no exige y no se organiza, es muy difícil que se implementen programas efectivos. Hay que cambiar el chip: planear desde mayo lo que vamos a hacer en junio, no reaccionar en agosto cuando ya tenemos el problema encima”, enfatizó.
El especialista recordó que la presencia del chapulín en los agostaderos es permanente y que la migración a los cultivos se repetirá cada temporada si no se rompen los ciclos de reproducción. “Podemos eliminar adultos, pero el año que entra el problema regresará si no actuamos en el lugar y momento correctos”.
También insistió en que el manejo integrado de plagas (MIP) no es una opción teórica, sino una necesidad para reducir costos, minimizar daños ambientales y garantizar la producción. “En Durango, Zacatecas y otros estados, el chapulín ya no es un problema ocasional, es una constante que debemos aprender a manejar”.
Un llamado a la ciencia y la tecnología
Durante el programa, varios panelistas coincidieron con el Dr. Mena en que la solución de fondo pasa por fortalecer la investigación y la transferencia tecnológica. La falta de apoyo a instituciones como el INIFAP ha limitado la generación y difusión de estrategias adaptadas a cada región.
“El conocimiento existe, pero necesitamos llevarlo al productor, mostrarle cómo y cuándo aplicarlo. El campo mexicano es productivo y competitivo, pero requiere ciencia y tecnología para enfrentar retos como el chapulín, el gusano cogollero o la conchuela del frijol”, afirmó.
Conclusión: el agostadero, la primera línea de defensa
El mensaje central del Dr. Jaime Mena es claro: la guerra contra el chapulín se gana en el agostadero. Identificar sitios de oviposición, aplicar controles biológicos o químicos en la fase inicial, manejar adecuadamente el pastizal y reducir el sobrepastoreo son las medidas que pueden cambiar el panorama en las próximas temporadas.
Por: Antonio Gaytán




