Análisis de altura
Por: Eduardo Ortega
La #CuartaTransformación no debe ser refugio de mercenarios
La alianza que MORENA mantiene con el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) es hoy una relación incómoda, pragmática y profundamente contradictoria. El problema se remonta a su origen, ya que no surge de una coincidencia ideológica ni de una visión compartida de país, sino de una necesidad estrictamente aritmética. Esa necesidad, sin embargo, no debe confundirse con principios, afinidad ni, mucho menos, con identidad política.
Basta revisar la trayectoria histórica de ambos institutos. El PVEM ha enfrentado cuestionamientos severos en el ámbito internacional, al grado de ser repudiado por organizaciones ambientalistas debido a posturas contrarias a los principios ecologistas. Su ruta electoral ha transitado con naturalidad del PAN de Vicente Fox al PRI de Enrique Peña Nieto, y hoy permanece instalado en un pragmatismo funcional al poder que hoy representa MORENA.
El PT, por su parte, aunque se presenta discursivamente como una fuerza de izquierda, tiene un origen muy distinto. Surge del ala izquierda del PRI durante los años del salinismo, a partir del Comité de Defensa Popular, una estructura creada para canalizar y contener la presión social contra el gobierno federal. Fue una operación política impulsada desde el poder, no un movimiento de ruptura. Esa flexibilidad ideológica se ha reflejado también en el ámbito local, donde ha sostenido alianzas incluso con el PAN, confirmando que su lógica ha sido la supervivencia política más que la coherencia programática.
Con estos antecedentes, resulta evidente que tanto el PT como el PVEM han construido su trayectoria a partir de la renta política y la adaptación permanente al poder en turno. Hoy, lejos de actuar como aliados convencidos, se han convertido en una rémora necesaria. MORENA requiere de sus legisladores para alcanzar mayorías calificadas en el Congreso y sacar adelante reformas de fondo, entre ellas la reforma político-electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum. Sin embargo, el PT ha fijado una postura abiertamente contraria a dicha reforma y ha amagado con que, sin su respaldo, esta no prosperará. El Partido Verde, de manera más discreta pero no menos clara, tampoco la respalda. Lo que existe no es coincidencia programática, sino un chantaje político explícito, utilizar el peso de sus votos para condicionar una agenda que les permite conservar poder y capacidad de negociación dentro del oficialismo.
Las declaraciones del coordinador de los diputados del PT, Reginaldo Sandoval, al afirmar que “tenemos el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, por lo que una reforma político-electoral no sería necesaria”, no sólo son desafortunadas, son reveladoras. Expresan una concepción patrimonial del poder, ajena por completo al espíritu democrático que dice defender la #CuartaTransformacion. Ese tipo de discursos no fortalecen al proyecto, lo erosionan desde dentro y lo acercan a prácticas que se suponía habían quedado atrás.
A esta contradicción se suma un problema más profundo, la incorporación al oficialismo de viejos cuadros del antiguo régimen, algunos con trayectorias marcadas por la corrupción, que hoy simulan coincidencias con la #CuartaTransformacion. No importa únicamente el origen, es cierto, pero sería ingenuo negar la evidencia. Han emergido nuevos ricos, operadores grises y personajes impresentables que harían palidecer a varios íconos del viejo sistema que se prometió combatir.
En este contexto, Claudia Sheinbaum enfrenta un reto mayúsculo. No sólo gobernar, sino depurar. Separar con claridad el proyecto de quienes lo usan como vehículo personal. Su desafío central no es una oposición externa débil y fragmentada, sino una oposición interna encarnada en simuladores y mercenarios de la política que no representan ni a MORENA ni, mucho menos, a la #CuartaTransformacion.
Apoyar al gobierno de Claudia Sheinbaum no significa cerrar los ojos ante estas contradicciones. Significa exigir coherencia, limpieza y congruencia. Significa entender que el proyecto es más importante que los partidos y que la transformación de fondo no puede confundirse con quienes sólo buscan sobrevivir del presupuesto o del poder. La alianza con el PT y el Verde puede ser útil en lo inmediato, pero no puede convertirse en destino. Vienen tiempos de ajuste y depuración, y cuando eso ocurra la oposición gritará que el proyecto se desmorona. Nada más lejos de la realidad. La transformación no se debilita cuando se confronta a quienes la ensucian, se fortalece. Gobernar también es depurar, y ejercer el poder con responsabilidad implica incomodar a quienes nunca debieron sentirse cómodos.




