Análisis de altura: ¿Quién ganó realmente en Coahuila?
15/06/2026 - Hace 2 horas en Durango EstadoAnálisis de altura: ¿Quién ganó realmente en Coahuila?
Por: Eduardo Ortega
A partir de que el pasado domingo 1 de junio el Partido Revolucionario Institucional (PRI) obtuvo el triunfo en los 16 distritos locales de Coahuila, se inició una narrativa de exacerbado triunfalismo por parte de algunos de sus militantes, encabezada, por supuesto, por Alejandro “Alito” Moreno, actual líder del tricolor y quien ya es ubicado por tirios y troyanos como el “sepulturero del PRI”. Tan solo bastaría recordar la cantidad de emblemáticos militantes que han abandonado este instituto político durante “su reinado”. Tampoco puede obviarse que, bajo su dirigencia, el PRI se ha desdibujado en el país: de tener 11 gubernaturas, como en la canción de los perritos, ahora solo le quedan dos. Resulta imposible soslayar que este anacrónico caudillo cambió las reglas internas del PRI para perpetuarse en la dirigencia de su partido y, desde ahí, buscar erigirse como candidato a la Presidencia de la República.
Alito Moreno suele mostrarse poco dispuesto a reconocer sus errores, pero es particularmente entusiasta cuando se trata de apropiarse de triunfos políticos ajenos. Lo sucedido en Coahuila no es un caso aislado. Vale la pena recordar que, en 2016, Durango puso fin a décadas de gobiernos priistas y se sumó a la ola de alternancia que recorrió diversas entidades del país. El ganador de aquella contienda fue José Rosas Aispuro Torres, un político formado en las filas del PRI que, como otros de sus correligionarios, encontró fuera del tricolor la oportunidad de alcanzar la gubernatura. No por nada, en aquellos años se popularizó una frase que retrataba la falta de candidatos realmente competitivos en el PAN: “para ganarle al PRI se necesita un expriista”.
Seis años después, el PRI recuperó Durango de la mano de Esteban Villegas mediante una alianza con el PAN que ha logrado contener el avance de MORENA en la entidad. Esta alianza ha funcionado, pero no gracias a las dirigencias nacionales, sino a pesar de ellas. Su éxito radica en que tanto priistas como panistas han asumido como propios a los candidatos postulados por la alianza, independientemente del partido del que emanen. Dos ejemplos claros son el gobernador Esteban Villegas Villarreal y el alcalde capitalino Toño Ochoa. Precisamente ahí descansa la fortaleza de este proyecto político regional.
Sin embargo, hoy Alejandro “Alito” Moreno pretende presentar esos triunfos como logros de su conducción nacional del PRI. En el mismo tenor se encuentra Jorge Romero, dirigente nacional del PAN, quien tampoco ha contribuido a fortalecer la alianza en Durango, pero que al momento de las victorias busca adjudicarse parte del mérito. La realidad es que los éxitos obtenidos por la coalición PRI-PAN en la entidad responden fundamentalmente a liderazgos estatales y acuerdos construidos desde lo local, no a decisiones emanadas desde las dirigencias nacionales.
El PRI de Durango y el de Coahuila son realidades políticas totalmente distintas. En el caso de Durango, la derrota de 2016 fue prácticamente total; el partido perdió el Gobierno del Estado y buena parte de su estructura política. Sin embargo, logró reconstruirse y resurgir hasta convertirse nuevamente en la principal fuerza política local de la mano de Esteban Villegas Villarreal. En Coahuila ocurre algo muy diferente. Se trata de la única entidad federativa del país donde el PRI nunca ha perdido la gubernatura, un estado donde aún persisten cacicazgos regionales, nepotismo y algunos rescoldos del pasado. Sin embargo, también debe reconocerse el trabajo político y de gobierno realizado por Manolo Jiménez. Por ello, el triunfo del PRI en los 16 distritos locales no debería sorprender a nadie. Lo que verdaderamente merece analizarse no es quién ganó la elección, sino qué ocurrió realmente con las demás fuerzas políticas y quiénes terminaron pagando el costo electoral de la jornada.
Al analizar con mayor detenimiento los resultados, el supuesto arrase adquiere otra dimensión. En 2023, el PRI, junto con el PAN y el PRD, obtuvo una mayoría de 17 diputados en el Congreso local. Hoy, el PRI conserva esos mismos 17 espacios, pero ahora sin sus antiguos aliados. Sin duda, refrenda su condición de primera fuerza política en Coahuila y llega fortalecido rumbo a la elección de 2027; sin embargo, tampoco puede afirmarse que haya ampliado su dominio legislativo.
Del otro lado, MORENA y el PT conservan en conjunto sus seis espacios en el Congreso, por lo que tampoco puede hablarse de un desplome de la principal fuerza opositora. Los verdaderos derrotados fueron otros. El PAN, Movimiento Ciudadano y el Partido Verde, no alcanzaron el 3% de la votación, sin diputados perdieron totalmente la representación legislativa, además de prerrogativas y capacidad de influencia política dentro del estado. Quizá la principal lección que deja esta elección es que, en el escenario político actual, difícilmente un partido puede aspirar por sí solo a convertirse en una alternativa competitiva de gobierno. De cara a 2027, las alianzas volverán a ocupar un lugar central en la discusión política, porque los resultados demuestran que la fragmentación fortalece a los punteros y debilita a quienes insisten en caminar solos.




