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José Menéndez, el hombre del corbatón

02/10/2025 - Hace 8 meses en Durango Estado

José Menéndez, el hombre del corbatón

Zona de Debate | 02/10/2025 - Hace 8 meses
José Menéndez, el hombre del corbatón

Por: Gilberto Jiménez Carrillo

 

José Menéndez no estudió en la universidad, pero su fama creció por su habilidad y carisma para la oratoria. Se dedicó a defender gratuitamente a los presos más necesitados, como delincuentes menores, prostitutas y gente común. Su vestimenta con sombrero y capa negra, junto con una larga barba y un corbatón, le otorgaron una figura casi cinematográfica, consolidando su apodo de «El Hombre del Corbatón». A pesar de ser acusado de usurpar funciones por no tener título, su popularidad y la presión del público hicieron que el entonces presidente Álvaro Obregón no lograra su expulsión del país. Posteriormente, se le concedió la licencia de abogado gracias a la presión popular y de la Iglesia. Trabajó como auxiliar de un despacho, por lo cual debía ir a ver asuntos en el penal que eran de una importancia menor, como rateros de poca monta, sirvientas que robaban a su patrona, pero ahí aprendió que no se castigaba el delito, sino al pobre quien no tenía quien lo representara. Así descubrió su verdadera vocación: defender al desvalido.

En una de las anécdotas se señala que en cierta ocasión llegó un joven que recién acababa de obtener su título de Licenciado en Derecho y se presentó con tono burlón ante “El Hombre del Corbatón”, para hacerle mofa de que él no contaba con título profesional y pretendiendo irse inmediatamente, se despide el joven abogado diciéndole sarcásticamente a José Menéndez: “Adiós abogado sin título” a lo que éste le respondió al instante, haciendo alarde de su astucia: “Adiós título sin abogado”. La fama de José Menéndez se hizo patente, sin embargo, cuando entre 1908 y 1909 sacó de la cárcel al banderillero español José Traverso Marinerito, asesino del matador de toros gaditano y, a la postre, picador a las órdenes de Rodolfo Gaona, Sebastián Chávez Chano, alegando la legítima defensa del inculpado, lo que se convirtió en palabras del propio Menéndez, en el ábrete sésamo de su vida. A partir de entonces, cuenta la leyenda, José Menéndez comenzó a ganar muchísimo dinero litigando no sólo en favor de los pobres, por lo que decidió hacer de sí mismo un personaje: empezó a utilizar un sombrero como de burgomaestro salido de un cuadro de Rembrandt, capa negra y, por corbata, una chalina que le valió el mote de El Hombre del Corbatón. “El Hombre del Corbatón” nos dejó una gran reflexión cuando dijo que “el dinero y el poder terminan siempre por corromper al hombre y lo hacen infeliz y tiránico, pues son pocos los que realmente saben utilizarlo sabiamente” y para corroborar lo anterior, decía: “pienso como Papini: el dinero es el excremento del diablo”. Se dice que los pocos centavos que ganaba, los invertía en el pago de fianzas y cauciones de los reclusos pobres. Tras 50 años de ejercer la abogacía, el presidente Miguel Alemán le otorgo el permiso para ejercer la carrera sin ser abogado y el presidente Adolfo Ruiz Cortines le regaló un reloj de oro Omega con su nombre en la carátula… por sus 50 años de ejercer la profesión. Siempre prevaleció el ser por el tener o parecer. Se cuenta que en pago recibía pollos, gallinas y en ocasiones dos o tres pesos, y que incluso ayudaba a sus defendidos dándoles para el pasaje una vez liberados. No cobraba nada a los que nada tenían, su gran habilidad oral y su vocación por la justicia le permitían entender que   es   primero   ser y no tener o parece. Los jueves era día de Lecumberri, con 40 casos de pelados en juego. La tamalera que mató por celos. El banderillero que le robó al matador. El cargador que se peló con todo y ropero. Total, luego me pagas. Era un auténtico abogado de los pobres, sin título, pero con corazón de sobra. La muerte lo alcanzó en 1950, a los 82 años, en una derruida vecindad del Centro Histórico, sepultándose sus restos en el Panteón Jardín. El adiós le sorprendió cuando preparaba la segunda edición de su libro El hombre no está hecho para vivir mucho tiempo. Esta historia y el personaje debe quedar en el inconsciente de la comunidad jurídica de México y de Durango, sobre todo en los leguleyos que recién acaban de ser nombrados jueces y magistrados, cuando muchos de ellos no saben quién era Ignacio Burgoa. El hombre del corbatón debe ser símbolo de los valores que rigen la profesión y además servir como ejemplo de la vocación que es necesaria en tan noble profesión como lo es el ser jurista.

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