Ni venganza ni perdón… ¿ni pruebas?
Por: Eduardo Ortega
El pasado 11 de febrero se presentó Ni venganza ni perdón, libro firmado por Julio Scherer Ibarra, ex consejero jurídico del presidente López Obrador, en coautoría con Jorge Fernández Menéndez. El texto, más que una investigación, es una extensa entrevista donde Scherer reconstruye su relación con AMLO, su paso por el gobierno y su ruptura con el círculo presidencial. La historia comienza el 5 de abril de 1997, cuando conoció a López Obrador en el hospital donde acababa de fallecer Heberto Castillo. Fue su padre, Julio Scherer García, quien se lo presentó al entonces dirigente nacional del PRD, mientras éste realizaba los trámites para la entrega del cuerpo del histórico líder de izquierda. Desde entonces, según el autor, se forjó una relación política y personal que atravesó la oposición, el desafuero, las campañas y finalmente la llegada al poder. El libro se presenta como una crónica sin rencor. Scherer insiste en que no busca venganza ni exige perdón, que sólo pretende narrar cómo operaba el poder y cómo se tomaban decisiones. Sin embargo, la lectura deja la impresión de una versión profundamente subjetiva, donde se mezclan hechos comprobables con interpretaciones personales y afirmaciones sin sustento documental visible.
Uno de los aspectos más relevantes es la descripción que hace de López Obrador. Lo retrata como un hombre honesto, convencido, sensible al dolor ajeno y hábil políticamente. Subraya la admiración que tiene por el Evangelio de Mateo, en particular por el Sermón de la Montaña, pasaje del que, según Scherer, pudo haber tomado la máxima de no mentir, no robar y no traicionar. Lo presenta como un predicador cuyos ideales están por encima de todo, incluso de su familia. No es un retrato demoledor. Pero esa imagen convive con otra: la de un líder inclinado al martirio político. Afirma que durante el desafuero incluso buscaba la cárcel como estrategia para fortalecer su liderazgo. No es descabellado pensar que aquel episodio tuvo una dimensión política calculada. Sin embargo, cuando sugiere que hoy le gustaría ser perseguido por el gobierno de Estados Unidos, la afirmación no sólo resulta especulativa, sino que roza el sinsentido, un verdadero dislate sin sustento claro.
El tono se vuelve abiertamente acusatorio cuando aborda a Jesús Ramírez Cuevas. Scherer sostiene que López Obrador era manipulable y que se dejaba influir por él, que le modificaba guiones de la conferencia mañanera y que tenía un peso determinante en la narrativa presidencial. Va más lejos al asegurar que Jesús Ramírez presentó al empresario asesinado Sergio Carmona, conocido como El Rey del Huachicol, a Mario Delgado e incluso al propio López Obrador. También señala un supuesto desvío de recursos destinados a liquidaciones y jubilaciones de trabajadores de Luz y Fuerza para financiar periodistas afines y campañas políticas, en particular la de Clara Brugada. Son acusaciones graves. No obstante, el libro no aporta documentos, expedientes ni pruebas verificables. Todo descansa en el testimonio del autor. La contundencia de los señalamientos contrasta con la ausencia de respaldo probatorio, lo que sitúa la obra más en el terreno de la denuncia personal que en el de la investigación documentada.
También asoman viejos rencores, como su conflicto con Gil Díaz, lo que refuerza la sensación de ajuste narrativo. En este contexto, el papel del coautor no es menor. Jorge Fernández Menéndez no es un entrevistador neutral. Su línea editorial ha sido abiertamente crítica de la llamada Cuarta Transformación y cercana a posiciones vinculadas al expresidente Felipe Calderón. El formato de entrevista explica en parte el tono del libro: no hay un contraste riguroso ni contrapuntos sólidos, sino una conversación en un entorno editorial cómodo. Más que confrontación, hay acompañamiento.
No puede pasarse por alto que Scherer dejó el gobierno en medio de señalamientos de corrupción ampliamente difundidos. Ese antecedente inevitablemente condiciona la lectura. Cuando un ex funcionario que salió bajo sospecha publica un libro de esta naturaleza, surge una pregunta legítima: ¿es sólo una reconstrucción histórica o también una estrategia preventiva? En el clima político actual no sería descabellado pensar que pudiera existir alguna investigación relacionada con su gestión. Bajo esa hipótesis, el libro funciona como un movimiento anticipado: fija su versión de los hechos, marca distancia, deslinda responsabilidades y deja sembrada una narrativa que, llegado el momento, podría permitirle asumirse como perseguido político y no como ex funcionario cuestionado. En esa posibilidad radica su verdadera dimensión. No es una revelación devastadora ni una traición imperdonable, como han querido presentar unos y otros. Es la versión de un protagonista que busca asegurar su lugar en la historia y, quizá, proteger su futuro. Y como toda versión unilateral, dice tanto de quien la escribe como de aquello que pretende denunciar.
El pasado 11 de febrero se presentó Ni venganza ni perdón, libro firmado por Julio Scherer Ibarra, ex consejero jurídico del presidente López Obrador, en coautoría con Jorge Fernández Menéndez. El texto, más que una investigación, es una extensa entrevista donde Scherer reconstruye su relación con AMLO, su paso por el gobierno y su ruptura con el círculo presidencial. La historia comienza el 5 de abril de 1997, cuando conoció a López Obrador en el hospital donde acababa de fallecer Heberto Castillo. Fue su padre, Julio Scherer García, quien se lo presentó al entonces dirigente nacional del PRD, mientras éste realizaba los trámites para la entrega del cuerpo del histórico líder de izquierda. Desde entonces, según el autor, se forjó una relación política y personal que atravesó la oposición, el desafuero, las campañas y finalmente la llegada al poder. El libro se presenta como una crónica sin rencor. Scherer insiste en que no busca venganza ni exige perdón, que sólo pretende narrar cómo operaba el poder y cómo se tomaban decisiones. Sin embargo, la lectura deja la impresión de una versión profundamente subjetiva, donde se mezclan hechos comprobables con interpretaciones personales y afirmaciones sin sustento documental visible.
Uno de los aspectos más relevantes es la descripción que hace de López Obrador. Lo retrata como un hombre honesto, convencido, sensible al dolor ajeno y hábil políticamente. Subraya la admiración que tiene por el Evangelio de Mateo, en particular por el Sermón de la Montaña, pasaje del que, según Scherer, pudo haber tomado la máxima de no mentir, no robar y no traicionar. Lo presenta como un predicador cuyos ideales están por encima de todo, incluso de su familia. No es un retrato demoledor. Pero esa imagen convive con otra: la de un líder inclinado al martirio político. Afirma que durante el desafuero incluso buscaba la cárcel como estrategia para fortalecer su liderazgo. No es descabellado pensar que aquel episodio tuvo una dimensión política calculada. Sin embargo, cuando sugiere que hoy le gustaría ser perseguido por el gobierno de Estados Unidos, la afirmación no sólo resulta especulativa, sino que roza el sinsentido, un verdadero dislate sin sustento claro.
El tono se vuelve abiertamente acusatorio cuando aborda a Jesús Ramírez Cuevas. Scherer sostiene que López Obrador era manipulable y que se dejaba influir por él, que le modificaba guiones de la conferencia mañanera y que tenía un peso determinante en la narrativa presidencial. Va más lejos al asegurar que Jesús Ramírez presentó al empresario asesinado Sergio Carmona, conocido como El Rey del Huachicol, a Mario Delgado e incluso al propio López Obrador. También señala un supuesto desvío de recursos destinados a liquidaciones y jubilaciones de trabajadores de Luz y Fuerza para financiar periodistas afines y campañas políticas, en particular la de Clara Brugada. Son acusaciones graves. No obstante, el libro no aporta documentos, expedientes ni pruebas verificables. Todo descansa en el testimonio del autor. La contundencia de los señalamientos contrasta con la ausencia de respaldo probatorio, lo que sitúa la obra más en el terreno de la denuncia personal que en el de la investigación documentada.
También asoman viejos rencores, como su conflicto con Gil Díaz, lo que refuerza la sensación de ajuste narrativo. En este contexto, el papel del coautor no es menor. Jorge Fernández Menéndez no es un entrevistador neutral. Su línea editorial ha sido abiertamente crítica de la llamada Cuarta Transformación y cercana a posiciones vinculadas al expresidente Felipe Calderón. El formato de entrevista explica en parte el tono del libro: no hay un contraste riguroso ni contrapuntos sólidos, sino una conversación en un entorno editorial cómodo. Más que confrontación, hay acompañamiento.
No puede pasarse por alto que Scherer dejó el gobierno en medio de señalamientos de corrupción ampliamente difundidos. Ese antecedente inevitablemente condiciona la lectura. Cuando un ex funcionario que salió bajo sospecha publica un libro de esta naturaleza, surge una pregunta legítima: ¿es sólo una reconstrucción histórica o también una estrategia preventiva? En el clima político actual no sería descabellado pensar que pudiera existir alguna investigación relacionada con su gestión. Bajo esa hipótesis, el libro funciona como un movimiento anticipado: fija su versión de los hechos, marca distancia, deslinda responsabilidades y deja sembrada una narrativa que, llegado el momento, podría permitirle asumirse como perseguido político y no como ex funcionario cuestionado. En esa posibilidad radica su verdadera dimensión. No es una revelación devastadora ni una traición imperdonable, como han querido presentar unos y otros. Es la versión de un protagonista que busca asegurar su lugar en la historia y, quizá, proteger su futuro. Y como toda versión unilateral, dice tanto de quien la escribe como de aquello que pretende denunciar.




