LA PRIMERA MISA EN BERROS
Por: +Faustino Armendáriz Jiménez, arzobispo de Durango.
La primera Misa en el estado de Durango se celebró en 1555 en el paraje «Ojo de Agua de Berros» (actualmente el municipio de Nombre de Dios). Fue oficiada por el fraile franciscano Fray Jerónimo de Mendoza, marcando un importante hito histórico y religioso para la región. La parroquia a la que pertenece este lugar es la de San Pedro Apóstol, en el poblado de Nombre de Dios. Actualmente se resalta este gran acontecimiento con un pequeño memorial donde está escrita la leyenda: “Aquí se celebró la primera Misa en el estado de Durango por Fray Jerónimo de Mendoza el año 1555 Berros octubre de 1906 por el Señor cura Pbro. Luis Herrera”. Dicho escrito, esculpido en cantera, está en la parte inferior de una columna que culmina en lo alto con una cruz. Detrás de él un enorme árbol de mezquite y el templo actual, donde se reúne la asamblea dominical. Destaca en la parte de enfrente, al pasar la calle, un lugar donde un grande y hermoso estanque contiene agua proveniente de diversos manantiales. Considero que es un lugar que tenemos que destacar, porque la celebración de la Santa Misa es el centro de la vida cristiana en la Iglesia católica, y por ello el inicio de una nueva etapa en la historia de Durango. A partir de allí, se difundió el evangelio en toda la región y de manera muy intensa la difusión de la Palabra de Dios, por los valientes misioneros que recorrieron todo el territorio duranguense, y donde algunos entregaron la vida por proclamar el reinado de Jesucristo. La evangelización fue un proceso fundamental del siglo XVI que fusionó la cultura española y americana. Está fue llevada a cabo principalmente por las órdenes de los franciscanos y los jesuitas, y fue clave para la pacificación, el establecimiento de misiones y la conformación de la actual identidad mestiza del norte de México. 1. La Eucaristía es la fuente de donde mana la fuerza de la Iglesia. Así lo dice el Concilio Vaticano II cuando subraya que el mayor empeño se ha de poner en la liturgia, “cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC n. 10). A partir de esta celebración creemos que los corazones de los fieles recibieron los auxilios divinos que Dios derrama en cada uno de los sacramentos, de tal manera que pudiesen testimoniar, ahora como bautizados, alimentándose del Cuerpo de Cristo para difundir su experiencia eucarística a lo largo de la historia, y ahora nosotros sentirnos bendecidos, profesando la fe cristiana católica. Por ello, visitar esta comunidad de Berros, nos mueve a elevar una oración de gratitud por la fe que impulsaron los primeros misioneros y traernos el don de la Eucaristía. Ahora nos toca a nosotros ser los misioneros del amor de Dios y misioneros de la Eucaristía, de tal manera que nuestras comunidades sean comunidades evangelizadas y eucarísticas. La leyenda que encontramos, tiene detrás un cúmulo de esfuerzos misioneros por los frailes, y posteriormente el testimonio de un Sacerdote en 1906, que se siente agradecido por la tarea de sus antepasados que lucharon para preservar la fe en la comunidad y en la región. 2. Misioneros de la Eucaristía. Hace poco tiempo hicimos visiteo misionero en la comunidad de Nombre de Dios, y de manera permanente los seguimos haciendo en todas las comunidades parroquiales, de tal manera que el espíritu sinodal, que se concretiza en la misión, sea un estilo de vida y no algo extraordinario, eventual o anual. La realidad del visiteo casa por casa nos reta a que asumamos la tarea de motivar con la palabra y el testimonio, a tantas familias, a celebrar al menos la Eucaristía dominical, de la cual se ausentan ante cualquier pretexto, priorizando otros eventos, o simplemente ignorado el valor de la Santa Misa Dominical. Por ello “es preciso insistir en este sentido, dando un realce particular a la Eucaristía dominical y al domingo mismo” (NMI n. 35). Tener en el centro de la vida cristiana la celebración del domingo, hace que superemos la actitud de cumplir un precepto o buscar la celebración más breve “para desocuparme”. Por ello el Papa San Juan Pablo II nos decía: “Es un deber irrenunciable, que se ha de vivir no solo para cumplir un precepto, sino como necesidad de la vida cristiana verdaderamente consciente y coherente […] La Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios entorno a la mesa de la Palabra y del Pan de Vida […] Precisamente, a través de la participación eucarística, el día del Señor se convierte también en el día de la Iglesia” (NMI n. 36). Muy bien lo entendieron los primeros misioneros que, con la fuerza y atracción de Cristo Eucaristía, las comunidades que viven aisladas se reúnen en torno al altar, al principio a la sombra un árbol y poco a poco construyendo sus templos para tener en ellos el Sagrario, vínculo de unidad y desde donde Cristo atrae, habla y consuela. Tenemos la seguridad, que el visiteo misionero tiene sus frutos, cuando se le da seguimiento a las necesidades espirituales en los hogares, por ejemplo, cuando encontramos niños sin haber recibido catequesis para ningún sacramento, la insistencia y resistencia del equipo coordinador de la misión, motivará no solo para que acudan los niños, sino también los papás y en el futuro los padrinos. 3. Servidores de la Palabra. Después de esa primera celebración de la Santa Misa, los frailes continuarían su tarea evangelizadora proclamando la Palabra de Dios, sea en la catequesis de adultos y niños, sea en las diversas reuniones y oportunidades que tenían para congregar a la comunidad. “La Iglesia existe para evangelizar” decía San Pablo VI, y esta conciencia del misionero hace que la comunidad y él mismo se alimente de ella. Por eso, dice el Papa San Juan Pablo II: “Alimentarnos de la Palabra para ser “servidores de la Palabra” en el compromiso de la evangelización, es indudablemente una prioridad para la Iglesia” […] He repetido muchas veces en estos años la “llamada” a la nueva evangelización. Lo reitero ahora, sobre todo para indicar que hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: “¡ay de mí si no predicara el Evangelio” (alcor. 9,16). Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción misionera […] de todos los miembros del Pueblo de Dios” (NMI n. 40). Estas luces nos las dio el Papa en su Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte (2000), y seguimos encontrando muchísimos hermanos que no han salido a la misión o salen por primera vez. Recordemos que el Papa Francisco nos lanzó el reto de una Iglesia misionera sinodal; sigo pensando que tenemos todos los recursos, pero no sabemos utilizarlos o quizá simplemente omitimos la misión Ánimo, que el referente de Berros, en Nombre de Dios, Dgo., nos ayude a crecer en la conciencia de que siempre la celebración de la Eucaristía, centro de nuestra vida cristiana, nos lance al servicio en la misión, porque sin misión la Iglesia no entra en los caminos de la Sinodalidad y de un real proceso evangelizador, que haga de nuestras parroquias “comunidad de comunidades”, con pequeñas comunidades en crecimiento que generen misioneros, que hagan de la comunidad una Iglesia en salida.




