Sobreviviente de COVID-19 aun lucha contra las secuelas
09/12/2020 - Hace 5 años en InternacionalSobreviviente de COVID-19 aun lucha contra las secuelas
TIJUANA, BAJA CALIFORNIA, 17ABRIL2020.- Al ser los primeros respondientes en llamadas de emergencia por cuestiones de salud, el personal médico de la Cruz Roja se encuentra en la primera línea de batalla durante la actual pandemia del Covid-19, virus con el que se han contagiado 3 mil 160 personas y el cual ha matado a 941 personas en la ciudad fronteriza. Fue a principios de marzo cuando la institución comenzó a recibir llamadas de auxilio por personas con síntomas de coronavirus, con el paso de las semanas han llegado a atender a un promedio de 40 pacientes diarios, quienes presentaban fiebre, falta de aire, tos seca y dolores musculares. Las llamadas de emergencia se registran a todas horas del día, el personal encargado de recibirlas comunica el reporte con prontitud a los paramédicos, haciéndoles hincapié en las medidas de protección que deben tomar para evitar que contraigan el virus. Para ello, la institución asignó ambulancias y personal especializado para atender exclusivamente casos de personas sospechosas de Covid-19, una vez que llegan al domicilio, los paramédicos de Cruz Roja evalúan al paciente para saber qué tipo de atención requiere; se le toma la temperatura y se revisan los niveles de oxígeno en la sangre, en caso de ser necesario el traslado se realiza un protocolo de seguridad para llevar al paciente a uno de los hospitales Covid que fueron habilitados en Tijuana. A mediados de abril los hospitales de la ciudad fronteriza estuvieron prácticamente rebasados por la alta demanda de atención de pacientes con síntomas, lo que causó que los socorristas tuvieran que realizar recorridos por los diversos nosocomios para lograr encontrar algún hospital donde los pacientes pudieran recibir atención en las áreas de urgencias, muchos de ellos no lograron resistir más y murieron a bordo de las ambulancias esperando atención. Durante la pandemia derivada del Covid-19 han resultado infectados una gran cantidad de médicos, personal de enfermería, y socorristas pertenecientes a hospitales públicos y de la Cruz Roja, por lo que la benemérita institución tuvo que habilitar su propio hospital para atenderlos y contribuir a la salud de quienes están a cargo de brindar los cuidados necesarios a los pacientes. A la fecha han sido atendidos 106 profesionales de la salud en la Cruz Roja, de los cuales 42 corresponden a la propia institución, entre quienes hay médicos, enfermeras y enfermeros, socorristas, así como de sus diversas áreas Dentro del hospital de la Cruz Roja se manejan “áreas limpias” y “áreas sucias”, en las cuales el personal médico que está en contacto con pacientes contagiados debe seguir los protocolos sanitarios al pie de la letra para evitar contraer el virus, fueron capacitados mediante videos informativos sobre el procedimiento para ponerse el traje de protección, los guantes, las caretas y los cubre bocas, así como el proceso para quitárselos y cómo desecharlos con seguridad. El personal médico asignado a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) atiende durante jornadas de trabajo dobles y sin descanso a los pacientes contagiados, aunado a los llamados de auxilio que se dan todos los días por accidentes y personas que sufren de otras enfermedades, quienes también necesitan atención y deben ser tratados con la misma urgencia. La heroica labor del personal de la institución implica un gran riesgo para su salud y la de sus familias, es por eso que muchos de ellos han tenido que alejarse de sus hijos y parejas, algunos han optado por pasar las noches en cuartos de hotel, o en casas rentadas para no exponer a sus seres queridos. La unidad de pacientes Covid está compuesta por un equipo de médicos y personal de enfermería especializado en medicina intensiva, el acceso seguro al espacio se realiza bajo rigurosas medidas sanitarias, en todo momento los médicos revisan la evolución de la enfermedad en los pacientes, parte de la labor de enfermeras y enfermeros está enfocada en proporcionarles los medicamentos, apoyar con el aseo personal de los pacientes y orientarlos en los ejercicios de respiración que se pueden realizar para reforzar sus pulmones. En el lugar se trabaja al límite, el único sonido que impera es el ocasionado por el equipo médico.
FOTO: OMAR MARTÍNEZ/CUARTOSCURO.COM Hace entonces el amago de levantarse, pero un calambre le propina un latigazo en las piernas y brazos, y la tumba de vuelta en la cama.
Los latidos del corazón se le disparan y suda frío. Es la taquicardia por el estrés de una mente fatigada, de un cuerpo adolorido y debilitado, y de un sistema inmunológico saturado, bajo amenaza desde hace nueve meses.
Arely Melo dio positivo a COVID el 27 de marzo, cinco días después de regresar de un viaje por África. El virus hace tiempo que abandonó su organismo, pero le sigue provocando estragos.
“Cuando te dicen que ya no tienes COVID, cantas victoria. Te dices: uuuf, ya la libré. Voy a recuperar mi vida”, dice Arely.
Pero esa vida no ha vuelto. Y no sabe si va a volver. Lleva perdidos 12 kilos de masa muscular y no puede hacer ejercicio, una de sus pasiones. Tampoco puede regresar a trabajar con normalidad por las migrañas constantes y el cansancio crónico. Y traspasar la puerta de su casa se ha convertido en un suplicio por las crisis de ansiedad frente al miedo a volverse a contagiar.
“La COVID es una enfermedad bien perra”, resume Arely con una risa resignada, agotada. “Te puede atacar por muchas partes y te puede dejar muchas secuelas hasta meses después de haber dado negativo. Por eso no se me ocurre otra palabra para definirla: es una enfermedad muy cabrona”.
Ataque múltiple
El doctor Juan Luis Mosqueda, director general del Hospital de Alta Especialidad del Bajío, del IMSS, no lo expresa de forma tan gráfica como Arely. Pero durante la entrevista con Animal Político viene a plantear lo mismo: que la COVID no tiene palabra. Que es altamente impredecible. Y que aun falta mucho camino para entenderla.
“Creíamos que solo afectaba a las vías respiratorias y a los pulmones. Pero ya estamos viendo que no, que también está afectando a otros órganos como el corazón, el cerebro, o los riñones”, expone el médico, que subraya otro dato que ya expuso Arely: que para miles de personas, la COVID no se acaba cuando la prueba PCR da el ansiado negativo.
Las estadísticas así lo muestran: de 291 mil casos confirmados COVID atendidos por el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) hasta el corte del 28 de octubre pasado, 44 mil pacientes quedaron con alguna secuela. Y de estos, alrededor de 2 mil 200 personas tuvieron complicaciones severas y necesitaron terapias de rehabilitación.
Estas cifras las da en entrevista otro doctor: José Delgado García, jefe de la División de Unidades de Rehabilitación del IMSS.
Delgado matiza dos puntos: el primero, que estos datos son “genéricos”, puesto que aun no hay información precisa. Y el segundo: que la mayoría de los casos de COVID que atendieron en el IMSS, entre el 75 y el 80%, no tuvieron secuelas graves.
Pero después admite que, en efecto, los números también reflejan que casos como el de Arely no son tan aislados, y que miles de personas que superaron el virus continúan batallando con sus secuelas a mediano y largo plazo, y que incluso algunas de esas personas tendrán que hacerlo de por vida.
Entre las secuelas de la COVID más comunes, enlista el doctor, están las relacionadas con la pérdida de capacidad respiratoria, en casos leves y moderados, hasta fibrosis pulmonar en casos graves, en los que el daño es irreversible. Además, en algunos pacientes que fueron intubados puede presentarse problemas para pasar alimentos o bebidas, y en la voz.
Aunque la lista de secuelas se está ampliando a medida que avanza la pandemia.
“El paciente también puede presentar afectaciones en el corazón, como arritmias, que son lesiones secundarias derivadas del daño pulmonar severo”, plantea José Delgado.
“Y cuando hay afectaciones al corazón -advierte-, se producen afectaciones en prácticamente todo el organismo”.
En casos en los que el paciente estuvo internado en terapia intensiva durante 14 o más días también pueden darse tromboembolias que, dependiendo del lugar donde se forme el coágulo sanguíneo, pueden ser de menor o mayor gravedad: los de mayor riesgo son en el cerebro o en el corazón.
Otras secuelas pueden ser las neuropatías -dolores de cabeza intensos y constantes-, pérdidas de masa muscular importantes, hasta el punto de afectar a la función del músculo, pérdida prolongada del olfato y el gusto –“hay pacientes que no los llegan a recuperar”-, señala el doctor José Delgado.
Hay casos en los que la COVID genera “deterioro cognitivo importante”, con pérdida de memoria y deficiencia en la atención y en la velocidad de procesamiento mental, por la inflamación del cerebro.
“Mi infierno no ha terminado”
Dafnet Pedraza, de 29 años, ríe resignada al otro lado del teléfono. Dice que casi todas las secuelas de la lista del doctor Delgado le resultan familiares. Que las ha padecido, o que las está padeciendo.
Dafnet se contagió de COVID un 17 de mayo, luego de que su mamá fuera “la paciente cero” en su casa. Después le tocó el turno a su padre. Pero ambos tuvieron solo síntomas leves.
A ella fue a la que le tocó más fuerte: “Desperté un día con un dolor de cabeza que no podía soportar. ¿Recuerdas esa escena fortísima de Game of Thrones donde un tipo le destroza el cráneo a otro con sus manos? Pues así me sentía”.
Luego empezaron los dolores de espalda a la altura de los pulmones, las dificultades para respirar, las descargas eléctricas, la pérdida del gusto y del olfato, y el cansancio extremo.
Dafnet duró más de un mes y medio con el virus. Y, cuando al fin salió negativo, la tregua fue muy corta, de apenas tres días. A partir de ese entonces, regresaron los dolores de cabeza y la fatiga, y lo peor: aparecieron “secuelas inimaginables”.
La más grave, una pericarditis por inflamación del corazón que la hacía sentir exhausta las 24 horas –“sentía como si tuviera un elefante sentado en mi pecho”- y que se le durmieran las extremidades.
Cuando los médicos de instituciones privadas con los que se atiende lograron controlar la pericarditis, empezaron a intensificarse las neuropatías: migrañas, quemazón en piernas y brazos, y en la cara; mareos y pérdidas de memoria momentáneas.
Dafnet empezó también a tener problemas gastrointestinales con episodios de diarrea, alternados con periodos de estreñimiento -lleva perdidos 25 kilos-. Y el pasado mes de septiembre empezaron a salir “más cosas increíblemente raras”.
“Por ejemplo, yo casi no como carne, pero comenzó a salirme que tenía el ácido úrico y el colesterol súper alto. Incluso, un día la doctora me preguntó si tomaba algún suplemento alimenticio con cloro, porque también lo tenía muy alto. Algo rarísimo”, expone.
El virus le ha modificado también el periodo menstrual, hasta el punto de que ahora tiene dos en un mismo mes.
“Medio año después, mi infierno aún no ha terminado”, resume la mujer de 29 años, que, además, quedó con estrés postraumático. “Ya casi no salgo a la calle, porque tengo un miedo horrible de volverme a contagiar.”.
El miedo después de la COVID
Romeo Tello, maestro de Literatura de 61 años, dice que vio de cerca la muerte.
Su esposa Julieta y él se contagiaron a principios de mayo. Ella tuvo síntomas leves. Pero él empezó con un ligero dolor de garganta y acabó con una agobiante asfixia.
Llamó al 911 y le pidieron que se hiciera la prueba COVID. Pero hacerla era esperar cinco días por los resultados. Su hija, Irene Tello, lo llevó a que le hicieran una tomografía del pecho. En 20 minutos le dieron los resultados: el virus ya le estaba causando daños en el sistema respiratorio.
Lo ingresaron de emergencia en un hospital de Cuernavaca, Morelos.
Durante dos semanas, Romeo luchó con la única compañía del sonido monótono de las máquinas a las que estaba conectado. “Que te ingresen en un hospital con mucha dificultad para respirar y después de haber leído tantas cosas en los medios, tantas muertes, es aterrador”.
Ahora el virus ya no está en su organismo, aunque le dejó como cicatriz el estrés posterior a estar tan cerca del vacío: “Me ha cambiado la perspectiva de la vida, claro. La idea de la muerte ya es algo muchísimo más familiar, algo más cercano. La sensación de fragilidad fue muy fuerte”.
A su hija Irene le preocupa que su padre, “ahora se paniquea con facilidad”.
“Se mide a cada rato la presión, la temperatura, y nada más le baja tantito el oxígeno y se pone muy nervioso. No en vano él vio la muerte de frente… La tuvo demasiado cerca”.




