CALEIDOSCOPIO… 88 estrellas para doña Eustolia
Por: Socorro Soto Alanís
Doña Eustolia Alanís, mi madre, cumple 88 años, me conmueve su cara sonriente y plena cuando la visito. Sus hijos vivos la atendemos en su cama y cuarto que ya es todo el mundo para ella derivado de una caída y fractura de cadera. Esas caídas que trastornan al organismo entero hasta el final.
Sus hijos ya muertos, segura estoy que la acompañan alrededor de sus recuerdos. Igual su esposo, mi padre. No pierde la calma, resignada “espera, no espera nada, pero espera”, como nos canta el poeta mayor Jaime Sabines.
Nació en agosto de 1933 en La Noria de San Pantaleón, Zacatecas, pueblo minero a donde llegaron hombres y mujeres en busca de trabajo. Ahí llegaron mis abuelos don Eladio Alanís y doña Julia Quiroz con sus hijos. También lo hicieron mis tíos abuelos Indalecio, Pedro y Benjamín y sus familias. Y la matriarca doña Eusebia Monroy cargada en sus muletas.
Hombres trabajadores, de una pieza, emprendedores y hacedores de todos los oficios: arrieros, mineros, jugadores de beisbol, camioneros, labradores y soldadores, quienes salieron de Ocampo, Michoacán rumbo al norte, que se decía, había minas de oro y plata.
Entre el viento suave y el mineral tuvieron una infancia placentera y disfrutaron de la naturaleza. Había una plaza y un cine al cual tenían que llevar su silla. Los domingos eran de fiesta ya que los llevaban al tianguis a Chalchihuites y compraban maíz, frijol, tomate y huevos, leche en unos botes grandes de lámina. Al terminarse el mineral, hubo que migrar a otro pueblo y llegaron al mineral de El Oro y de ahí a la hacienda de Coyotes y de mineros cambiaron de oficio al de aserraderos.
La Sierra Madre cubrió a aquellos chiquillos que jugaban todo el día entre la hierba y los pedernales y bajo los pinos. Por fin llegaron a la capital. Vivieron por la de Canoas, donde me aseguraron abuela y tías que oyeron a La Llorona y vieron su sombra. Yo sí les creo. Mi abuelo construyó su casa en la de Arroyo, a la orilla de la Acequia Grande, hoy Dolores del Río. Mi madre estudió en la prevo, primera generación del Tecno y trabajó en la Secretaría de Hacienda. Conoció a Don Raúl Soto, se casaron y aquí estoy.
Ha sobrevivido por casi un siglo a todo: Fueron comerciantes y a pesar de su juventud y su soledad, lograron hacerse de un importante patrimonio, que después se esfumó y nos quedamos sin nada y volvimos con los abuelos a la casa de Arroyo. Nos mantuvo, no sé cómo. Lo que sí se, es que aquellos días en el arroyo, el parque Guadiana como patio y como mirador el Cerro de Los Remedios los tengo guardados hasta estos días.
Siete hijos, tres tiendas de abarrotes, un marido, embolia, operación de los ojos, de la vesícula, pandemia del Covid, una cocina austera, pero siempre prodigiosa y con cazuelas repletas de arroz, mole, frijoles, chuales, fideos, pipián, salsas. Hacíamos a su alrededor: tamales, cajeta de membrillo, buñuelos, semitas, pan de muerto, pasteles y aguas frescas. Nos llevaba en tren a Gualterio, a la sierra, a misa los domingos, a las posadas en Navidad, al centro en los carros de ruta. Nos mandaba a diario por el pan, la leche, las tortillas.
Hoy, veo con ella todas las películas del cine mexicano. Nos espera y recibe con amor y su gran corazón. Sencilla, austera, sin aspavientos. Con la sabiduría y paz de las matriarcas. Heroínas anónimas que sostuvieron todas las catástrofes de la vida y de este país y nos salvaguardó en la casa azul abandonada, hipotecada y perdida y después en la casa que construyeron los abuelos, ambas aquí en la de Arroyo, con sus cuartos vacíos y el enorme patio lleno de helechos en el cual corríamos de niños. Gracias mamá, por todo.
Twitter: @cocosotoalanis




