Lo que pintaba para ser una buena temporada para el frijol en los Llanos de Durango comienza a tornarse en otro año complicado. Las lluvias llegaron a tiempo en junio y las primeras semanas de julio, incluso por encima del promedio histórico, lo cual generó optimismo entre productores y especialistas. Sin embargo, una cadena de factores estructurales y agronómicos ha cambiado las expectativas en el campo.
Durante un recorrido por la zona frijolera realizado el 31 de julio, el periodista Antonio Gaytán y el ex investigador del INIFAP, Evenor Cuellar, coincidieron en que, aunque las condiciones climáticas iniciales fueron favorables, la mayoría de las tierras no estaban listas para sembrar cuando la lluvia cayó. La falta de preparación de los suelos, maquinaria obsoleta, escasez de semilla y altos costos de producción obligaron a muchos agricultores a retrasar la siembra. Para el primero de agosto, ya técnicamente fuera del calendario óptimo, más de la mitad de la superficie seguía sin sembrarse.
Cuellar explicó que varios lotes quedaron demasiado húmedos después de las primeras lluvias, lo que retrasó la entrada de maquinaria. En otros casos, simplemente no se pudo preparar la tierra. “Ya no es viable seguir sembrando frijol o maíz; lo que debería estarse sembrando ahora es avena”, señaló. En su recorrido por municipios como Peñón Blanco, encontró tierras abandonadas o con trabajos agrícolas inconclusos, lo que refuerza la percepción de que muchas hectáreas quedarán sin aprovechar.
Además, se observó una fuerte pérdida de suelo por erosión hídrica. Las lluvias intensas, aunque bien recibidas, arrastraron capa fértil en terrenos sin cobertura vegetal, lo que tendrá repercusiones no solo este año, sino en las siguientes temporadas. Cuellar advirtió que esta pérdida, silenciosa pero constante, debilita cada vez más la capacidad productiva del temporal.
A este panorama se suma un viejo enemigo del cultivo: el chapulín brachystola magna. Según el especialista, esta plaga, conocida por alimentarse de herbáceas como el frijol, ya comenzó a aparecer en zonas como Morcillo, Canatlán y Casablanca. Lo preocupante es que se trata de una generación emergente que rompe con los patrones normales, ya que este tipo de chapulín se reproduce cada dos años, pero ahora ha vuelto un año después. “Estamos viendo ninfas activas en los agostaderos, caminos y bordes de cultivo. De ahí migran al frijol. Si no se actúa con rapidez, el daño será serio”, advirtió.
Evenor detalló que el aparato bucal de este chapulín está diseñado para consumir herbáceas, no gramíneas. Por eso prefiere el frijol y evita cultivos como el maíz, a menos que no tenga otra opción. “Las vellosidades del maíz le resultan incómodas. En cambio, el frijol es un buffet perfecto para esta especie. Si no hay herbáceas en el entorno, se va directo a las parcelas”, explicó.
El problema no se limita a lo técnico o biológico. En el fondo, está la falta de apoyo real al pequeño y mediano agricultor. Cuellar fue enfático al señalar que la producción de frijol en Durango es una actividad de subsistencia, incluso cuando se trata de superficies de 100 o 200 hectáreas. “Estos agricultores no tienen margen para reinvertir en fertilizante, equipo o maquinaria”, lamentó.
El caso de Octaviano, un joven productor entrevistado durante el recorrido, refleja la realidad de muchos en el campo: decidió no fertilizar sus tierras ante el riesgo de no recuperar lo invertido. Esta práctica, cada vez más común, impacta directamente en el rendimiento de los cultivos, pero responde a una lógica de sobrevivencia. “No vale la pena gastar en fertilizante si no sabes si va a llover o si el frijol va a alcanzar madurez”, expresó.
Durango es el segundo mayor productor de frijol en México, con una superficie promedio superior a las 300 mil hectáreas cada año. Sin embargo, esa cifra ha venido disminuyendo debido a factores como la falta de rentabilidad, fenómenos climáticos extremos y cambios en los programas de apoyo federal. En 2022, por ejemplo, se sembraron poco más de 280 mil hectáreas, pero solo el 60 por ciento logró cosecharse con éxito. El resto se perdió por falta de lluvia o daños por plagas.
Cuellar también cuestionó la visión institucional que limita el concepto de “pequeño productor” a quienes poseen menos de 10 hectáreas. Desde su perspectiva, un agricultor de 100 o 150 hectáreas de temporal, sin riego, sin créditos y sin acceso a tecnología, también requiere apoyo estatal para sostener su actividad. “Hablar de soberanía alimentaria sin respaldar al campo es solo discurso. La política pública debe cambiar si se quiere conservar la producción nacional de frijol”, sentenció.
Mientras tanto, el chapulín avanza, los días de siembra se agotan y las expectativas bajan. Lo que hace unas semanas parecía un año promisorio, ahora genera más dudas que certezas. Y en un ciclo agrícola tan corto como el del temporal, los errores o retrasos no perdonan.
“Así las cosas: un año que pintaba bonito… ahora pinta para ser otro año de fracaso”, concluyó Gaytán desde las tierras de Peñón Blanco.
Para Cuellar, no solo se trata de un mal año agrícola. Lo que se está viendo en el campo duranguense refleja una crisis ambiental más profunda. “Hemos roto el equilibrio de los ecosistemas. Los agostaderos están secos, los manantiales han desaparecido, y el monocultivo del frijol, sin cobertura vegetal, sin biodiversidad y sin agua, se ha convertido en el blanco perfecto de las plagas. El campo está respondiendo al abandono con lo que sabe hacer: desequilibrio”, advirtió con contundencia.
Por: Antonio Gaytán




