Servicios ecosistémicos: el valor oculto del bosque de Durango
07/03/2026 - Hace 3 meses en Durango EstadoServicios ecosistémicos: el valor oculto del bosque de Durango
El bosque de Durango no solo produce madera. También genera agua, regula el clima, protege el suelo, captura carbono y sostiene la biodiversidad que permite producir alimentos. Todos estos beneficios forman parte de los llamados servicios ecosistémicos, un concepto científico que explica cómo la naturaleza sostiene el bienestar humano y la economía.
Durante el programa Aquí hay Campo, el investigador del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP), Carlos Monárrez, explicó que los servicios ecosistémicos son todos los bienes y funciones que los ecosistemas proporcionan a la sociedad, desde alimentos y materias primas hasta procesos naturales como la polinización, la regulación del clima y la infiltración de agua.
Durango ocupa un lugar estratégico en este tema. La Sierra Madre Occidental que atraviesa el estado constituye una de las reservas forestales más importantes del país y es uno de los territorios forestales más extensos de México, con millones de hectáreas de bosque que cumplen funciones clave en la captación de agua, la regulación del clima y la conservación de la biodiversidad.
Además, el estado es uno de los principales productores forestales del país, lo que coloca a sus bosques en una posición estratégica no solo por su valor económico, sino también por los servicios ambientales que generan para la sociedad.
Sin embargo, gran parte de estos beneficios no tienen un valor económico visible en el mercado, lo que provoca que frecuentemente no se consideren en las decisiones productivas ni en el diseño de políticas públicas.
Los ecosistemas no funcionan de manera aislada de la sociedad. En realidad, forman parte de lo que los científicos llaman sistemas socioecológicos, es decir, paisajes donde el ambiente natural y la actividad humana evolucionan juntos. La agricultura, la ganadería, el manejo forestal y las comunidades rurales forman parte de ese equilibrio que determina cómo se utilizan y conservan los recursos naturales.
De acuerdo con la investigación científica, los servicios ecosistémicos se agrupan en cuatro grandes categorías: servicios de provisión, servicios de regulación, servicios de soporte y servicios culturales.
Los servicios de provisión son los más visibles y tangibles. Incluyen alimentos, forraje, madera, leña, fibras y recursos medicinales que provienen directamente de la naturaleza.
Los servicios de regulación corresponden a los procesos que mantienen el equilibrio ambiental. Entre ellos destacan la regulación del clima, la captación y filtración de agua, la reducción de la erosión del suelo y el control natural de plagas y enfermedades.
Por su parte, los servicios de soporte son los que hacen posible el funcionamiento de los ecosistemas, como la formación del suelo, el ciclo de nutrientes y la biodiversidad. Estos procesos sostienen la producción agrícola y forestal.
Finalmente, los servicios culturales incluyen el valor paisajístico, el turismo de naturaleza, la recreación y la identidad cultural de las comunidades que habitan o dependen de los ecosistemas.
La importancia de estos servicios es enorme. Estudios científicos estiman que el valor global de los servicios ecosistémicos equivale a más de cuatro veces el Producto Interno Bruto mundial, lo que refleja el papel central que desempeña la naturaleza en la economía global.
A pesar de esta relevancia, muchos de estos beneficios no tienen un precio en el mercado, lo que dificulta que sean considerados en las decisiones económicas.
En el caso de los bosques templados como los de Durango, su papel en la captura de carbono es fundamental para enfrentar el cambio climático. Un bosque en crecimiento puede capturar entre cinco y quince toneladas de dióxido de carbono por hectárea al año, lo que contribuye a reducir la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera.
Los ecosistemas forestales también cumplen una función esencial en la captación de agua. La vegetación y los suelos forestales permiten que el agua de lluvia se infiltre hacia los mantos freáticos y reduzca el escurrimiento superficial que provoca erosión y pérdida de suelo.
Sin esta cobertura vegetal, el agua corre rápidamente hacia arroyos y ríos, arrastrando sedimentos y reduciendo la capacidad de almacenamiento en el subsuelo, lo que impacta directamente en la disponibilidad de agua para las ciudades, la agricultura y la ganadería.
Otro servicio clave es la biodiversidad. En México, entre el 74 y el 84 por ciento de los cultivos dependen de polinizadores como abejas, murciélagos y otros insectos, lo que demuestra la importancia de los ecosistemas para la producción de alimentos y la estabilidad de los sistemas agrícolas.
La intervención humana también juega un papel determinante. Los científicos llaman coproducción de servicios ecosistémicos al proceso mediante el cual las actividades humanas pueden aumentar o deteriorar los beneficios que brinda la naturaleza. Un buen manejo del bosque o del suelo agrícola puede mejorar la captación de agua, la fertilidad del suelo y la biodiversidad. Por el contrario, un manejo inadecuado puede provocar degradación ambiental, pérdida de suelo y reducción de la productividad.
También existen los llamados disservicios ecosistémicos, que son efectos negativos generados por procesos naturales agravados por las actividades humanas. Entre ellos destacan las plagas forestales, incendios, erosión o brotes de insectos descortezadores que pueden multiplicarse cuando los ecosistemas se debilitan por sequías, deforestación o mal manejo del territorio.
La degradación ambiental representa un desafío creciente. En México, el costo económico del agotamiento y deterioro de los recursos naturales equivale a más del cuatro por ciento del Producto Interno Bruto, una cifra muy superior al gasto público destinado a la protección del medio ambiente.
Para el investigador Carlos Monárrez, uno de los principales retos es cambiar la visión tradicional sobre el manejo de los recursos naturales.
Durante décadas, el bosque se ha visto principalmente como una fuente de madera, cuando en realidad produce múltiples beneficios ambientales y sociales que son igual o más importantes.
Este cambio de visión implica evolucionar hacia un manejo forestal con enfoque ecosistémico, donde se busque equilibrar la producción de madera, la conservación de la biodiversidad, la captación de agua y las actividades productivas como la ganadería.
También implica reconocer el valor económico de los servicios ambientales y generar mecanismos que compensen a las comunidades que conservan los ecosistemas.
En este contexto han surgido herramientas como los bonos de carbono y los programas de pago por servicios ambientales, mediante los cuales se remunera a propietarios de bosques por actividades de conservación que contribuyen a la captura de carbono o a la protección de fuentes de agua.
En México, algunos programas de pago por servicios ambientales pueden otorgar apoyos de hasta mil pesos por hectárea al año a comunidades que protegen áreas forestales estratégicas para la captación de agua y la conservación de la biodiversidad.
No obstante, especialistas advierten que aún existe una brecha importante entre las políticas de producción agrícola o forestal y las estrategias de conservación ambiental.
Entre los principales retos se encuentran la desconexión entre las políticas productivas y ambientales, la falta de medición y monitoreo de los servicios ecosistémicos, la ausencia de mercados locales que reconozcan su valor y la necesidad de integrar estos conceptos en las políticas públicas y en los programas de desarrollo rural.
También se requiere mayor investigación científica y un fortalecimiento del extensionismo rural para transferir conocimiento a productores y comunidades que dependen directamente de los recursos naturales.
Para Monárrez, la clave está en entender que la conservación y la producción no son actividades opuestas, sino complementarias.
Un manejo adecuado del territorio puede generar alimentos, madera, forraje y otros bienes productivos, al mismo tiempo que protege el agua, el suelo, el clima y la biodiversidad.
Si los ecosistemas se degradan, no solo se pierde naturaleza. También se pone en riesgo la producción de alimentos, el abastecimiento de agua y el equilibrio climático del que dependen las ciudades y las actividades productivas.
“El bosque no solo produce madera. Produce agua, regula el clima, protege el suelo y sostiene la vida. Si no entendemos el valor de esos servicios ecosistémicos, difícilmente podremos garantizar el futuro de nuestros recursos naturales”, concluyó.




