Reforma electoral para tiempos actuales
Por: Jorge Ánima
La reforma electoral ya está en marcha. Su conformación incluye temas claros y específicos, pues es un asunto impostergable desde la óptica gubernamental, cuatroteísta y ciudadana. El sistema político nacional acumula múltiples áreas de mejora, y por eso fue uno de los compromisos centrales que Claudia Sheinbaum asumió como candidata. Hoy, como presidenta, lo está cumpliendo.
El mensaje es inequívoco: Sheinbaum se lo toma en serio. Ha conformado una comisión integrada por figuras de absoluta confianza y alto perfil político. No se trata de cualquier grupo, sino del círculo más cerrado del poder presidencial: Pablo Gómez, veterano de la izquierda democrática y curtido en batallas parlamentarias; Rosa Icela Rodríguez, titular de Gobernación; José Peña Merino, responsable de la Agencia de Transformación Digital; Ernestina Godoy Ramos, consejera jurídica del Ejecutivo; Lázaro Cárdenas Batel, desde la Oficina de la Presidencia; Jesús Ramírez Cuevas, coordinador de Asesores; y Arturo Zaldívar, operador político de primer nivel. Ellos tienen dos misiones: construir una reforma legitimada por la voz popular a través del mayor número de foros posibles y, al mismo tiempo, “tejer fino” para que el proyecto llegue al Congreso con el menor costo político posible.
En términos oficiales, se abordarán 14 ejes fundamentales: libertades políticas; representación popular; sistema de partidos; financiamiento y prerrogativas; fiscalización de ingresos y gastos; efectividad del sufragio; regulación de la competencia electoral; libertad de difusión de opiniones e ideas; propaganda de poderes y organismos públicos; sistema de votación y cómputo, nacional y en el extranjero; autoridades electorales; requisitos de elegibilidad; inmunidad de funcionarios electos; y mecanismos de consulta popular y revocación de mandato.
El llamado es abierto, pero el trasfondo político es evidente. La reforma llega en un contexto donde el oficialismo controla el Congreso, la oposición busca reconfigurarse y la ciudadanía demanda transparencia. El verdadero reto para Sheinbaum será construir consensos sin renunciar a su visión de transformación.
La historia demuestra que cada reforma electoral ha sido hija de su tiempo: la de 1977 abrió la puerta al pluralismo; la de 1996 fortaleció la autonomía del árbitro electoral; y las más recientes intentaron equilibrar costos y representación. La de 2025 podría quedar inscrita como la que modernizó las reglas del juego democrático… o como la que las debilitó para siempre.
Fechas clave del proceso:
Octubre 2025: Inicio de consultas, foros y mesas de discusión nacionales.
Noviembre 2025: Sistematización de propuestas ciudadanas y políticas.
Diciembre 2025: Presentación del anteproyecto ante el Congreso.
Primer trimestre 2026: Discusión legislativa y eventual aprobación.
La pregunta no es si habrá reforma, sino a quién servirá realmente: al fortalecimiento de la democracia… o a la consolidación de un nuevo poder electoral al servicio del poder político. Y si la respuesta es la segunda, entonces esta reforma no será un avance histórico, sino el prólogo de una regresión cuidadosamente maquillada como modernización.




