El arte como juego
El arte también es empleado como un juego en las que se mantienen reglas, libertades, creatividad y el impulso que terminan satisfaciendo una necesidad humana.
Uno de los intentos humanos para satisfacer ambos anhelos es el acto criminal gratuito, la violación de la ley por el simple placer de infringirla ‒la ley le confiere la importancia‒, y la violación afirma la libertad.
Otra tentativa es el juego, donde el jugador sigue las reglas porque es él quien las ha establecido.
Básicamente, toda forma de arte, toda ciencia pura, toda creatividad es en este sentido un juego. La pregunta “¿qué es el arte?” y la pregunta “¿por qué el artista crea?” son cuestiones diferentes.
Me parece que lo que provoca la creatividad, sea cual fuere, es el deseo de realizar algo absolutamente necesario: el deseo de que conduzca a algo importante es secundario.
Las reglas de un juego lo vuelven importante ante el jugador, al hacerlo difícil de jugar, al probar y demostrar sus dones innatos o habilidades adquiridas. Puesto que el juego es moralmente aceptable, el que se juegue o no depende simplemente de si se encuentra o no placer en ello, en otras palabras, de si se es o no un buen jugador.
Si se le pregunta a un gran cirujano por qué está operando, si es sincero, no responderá “porque es mi deber salvar vidas”, sino “porque me encanta operar”. Puede odiar a su prójimo y, sin embargo, salvar su vida por el placer que siente al ejercitar sus habilidades.
Por lo tanto, debemos decir que en el sentido más profundo del término el arte y la ciencia son actividades frívolas, porque dependen de los talentos particulares que nos proporciona el azar.
El único aspecto serio se refiere a lo que todos poseemos como seres humanos, esta voluntad, que es que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Ahí no se puede hablar de talento para el amor, ni de placer o de dolor.
Si le preguntamos al buen samaritano por qué rescató al hombre que cayó en manos de los ladrones, no puede respondernos, salvo en forma irónica, “porque me gusta hacer el bien”, porque el placer o el dolor no tienen nada que ver con ello: se trata de obedecer el mandato “amarás”.




